25 de julio de 2011

La clave de Gaspar.



(CC) saguayo/Flickr



A sus 10 años, Luis era como cualquier niño. Él y su primo Paco iban a una escuela cercana a su casa, pues vivían con su madre en la misma vecindad. Mas esa era de las pocas similitudes que había entre ellos. Por un lado Paco, bien portado y regordete, se apresuraba todos los días para llegar a casa una vez terminada la escuela. Por el contrario Luis, intrépido y tal vez demasiado flaco, prefería pasear un poco en los alrededores de su colonia para "conocer el mundo", como a su abuelo le gustaba decir.

Solía hurgar en los buzones y las puertas entreabiertas, con la esperanza de descubrir algún día el objeto valioso que le revelara la clave secreta que le cambiaría la vida. No sabía muy bien qué forma o color tendría, si tendría muchas partes, si podría llevarlo en el bolsillo o si necesitaría de una bolsa, si sería comestible, si estaría vivo o si se podría vender a otra persona. De todas maneras lo buscaba en cada rincón y esquina, asomándose a lugares donde su mirada no siempre era bienvenida.

Dicen que quien persevera alcanza y el caso del pequeño Luis Méndez no podía ser la excepción. Cierto día al salir de clases pasaba por una vecindad parecida a la suya cuando escuchó un ruido tan fuerte que le hizo detenerse:

14 de julio de 2011

Momento perfecto.

(CC) Victor_Pérez/Flickr



Fue la mezcla ideal, esa maravilla espontánea en la que se pierde el sentido del tiempo, donde la inercia del momento sugiere en todo momento continuar, donde cada detalle revela un misterio, una clave: una pista más de este gran y tímido juego de continuos recíprocos.

(CC) tuppus/Flickr
Ser educado sin rayar en la mojigatería. Satisfacer el contacto sin llegar a vulgarizarlo. Cosechar las sonrisas tan anheladas. Sorprenderse descubriendo una autenticidad en extremo amena. Apropiarse de términos. Continuar aún después de terminado el encuentro. Recordar, contar, proponer, bromear y comparar. Abundar en la conversación. Poner atención. Abrir la puerta y ceder el lugar. Querer ser mejor, respetar, profundizar.

¿Podría pedirse más? Quizás si, pero

7 de julio de 2011

Never let your stories end.



When we are children we are taught basic facts about life that let us better behave and interact with the people around us. Things like wearing appropriate clothes, avoid expecting big gifts or hearing twice the amount we speak are fundamental tips that later in life determine whether we are good getting on with people or not.

(CC) San Jose Library/Flickr
However, along with those truths there are certain mistakes we learn through very subtle details. One of those comes up every night as we wait sleepiness to come, when we imagine our happiest dreams that might influence the rest of our lives. Thanks to fairy tales we learn notions of good and evil, of heroes, princesses and monsters but also that every single story has to come to an end.

An ending that must immediately follow the achievement of joy or the solution of our main conflict, the "natural" consequence of defeating challenges, the "and they lived happily ever after" we always want to hear, and even more when we grow up, to live.

Grito procesado


Sé que no eres tú, pero te le pareces. Quizás seas la acumulación de deseos que se niegan a morir reprimidos. Quizás sea tu letal feminidad surtiendo efecto. La trampa infalible que aún sin pretenderlo me motiva. Fruto de las circunstancias, complicación inesperada, un mito que como humo sube y se escapa.

¿Conoces los riesgos implicados? Quisiera justificar la negativa como producto de una moral intachable, pero más bien es la ansiedad de (una vez más) ver la causa perdida. Utópico y lánguido se vuelven en esta instancia sinónimos de monótono e imposible. Sencillamente imposible.