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| (CC) saguayo/Flickr |
A sus 10 años, Luis era como cualquier niño. Él y su primo Paco iban a una escuela cercana a su casa, pues vivían con su madre en la misma vecindad. Mas esa era de las pocas similitudes que había entre ellos. Por un lado Paco, bien portado y regordete, se apresuraba todos los días para llegar a casa una vez terminada la escuela. Por el contrario Luis, intrépido y tal vez demasiado flaco, prefería pasear un poco en los alrededores de su colonia para "conocer el mundo", como a su abuelo le gustaba decir.
Solía hurgar en los buzones y las puertas entreabiertas, con la esperanza de descubrir algún día el objeto valioso que le revelara la clave secreta que le cambiaría la vida. No sabía muy bien qué forma o color tendría, si tendría muchas partes, si podría llevarlo en el bolsillo o si necesitaría de una bolsa, si sería comestible, si estaría vivo o si se podría vender a otra persona. De todas maneras lo buscaba en cada rincón y esquina, asomándose a lugares donde su mirada no siempre era bienvenida.
Dicen que quien persevera alcanza y el caso del pequeño Luis Méndez no podía ser la excepción. Cierto día al salir de clases pasaba por una vecindad parecida a la suya cuando escuchó un ruido tan fuerte que le hizo detenerse:
Solía hurgar en los buzones y las puertas entreabiertas, con la esperanza de descubrir algún día el objeto valioso que le revelara la clave secreta que le cambiaría la vida. No sabía muy bien qué forma o color tendría, si tendría muchas partes, si podría llevarlo en el bolsillo o si necesitaría de una bolsa, si sería comestible, si estaría vivo o si se podría vender a otra persona. De todas maneras lo buscaba en cada rincón y esquina, asomándose a lugares donde su mirada no siempre era bienvenida.
Dicen que quien persevera alcanza y el caso del pequeño Luis Méndez no podía ser la excepción. Cierto día al salir de clases pasaba por una vecindad parecida a la suya cuando escuchó un ruido tan fuerte que le hizo detenerse:





