25 de noviembre de 2011

Mi dueño

I Walk Alone by Tarja Turunen on Grooveshark

(CC) Johan31000/Flickr

Hace mucho que no puedo dejar de pensar en él. A donde vaya siempre me encuentra. Me invade hasta en los pensamientos más complejos y privados, reemplazando toda idea que tuviera a su paso. Es una obsesión tal la que me ha creado que aún no comprendo cómo si está encima de mí a todas horas yo aun lo busco queriendo más.

Aunque he de ser honesto. No siempre es agradable. A ratos me presiona de manera inmisericorde. Me estresa, amenaza con irse, con no darme suficiente. Como si quisiera arrebatarme la oportunidad que tengo de obtener lo que quiero.

Extraño los días de niño cuando él era para mí un completo desconocido, sin mayor importancia que un nombre, una palabra. Cualquier cosa para decir a una persona con quien se desea hablar. Pero poco me duró el encanto.

Mi curiosidad fue muy fuerte y las ansias por ser grande terminaron por condenar todo. Pronto supe quien era y caí en el engaño de su falso control. Todo pasaba tan rápido, justo como a cualquier adolescente le hubiera gustado. Los días se sucedían y el ritmo era cada vez más acelerado. No podía ser mejor. O al menos eso creía.


14 de noviembre de 2011

Búsqueda existencialista

Adagio for TRON by Daft Punk on Grooveshark

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Era cerca de la medianoche y como desde hace pocos días, la brisa mecía las hojas del árbol que justo frente a su ventana obstruían tanto su visión como la poca luz que de la lámpara pública llegaba.

Recostado como estaba, era sencillo tener un vistazo de sus vecinos. Probablemente una habitación oscura con persianas entre abiertas era muy poco intimidante como para esconderse. De cualquier manera, ese mundo entre rendijas poco le importaba. Casi al mismo tiempo en que llegó el viento que mece a las ramas afuera había decidido dejar de pensar en todo lo terreno. Había decidido dejarse a la suerte de su propio sentido; esa noción existencialista que le ofrecía libertad y autonomía únicamente a cambio de su humanidad (pues el alma no era en ese aspecto bien que pudiera ponerse a la venta). En cierta manera era un «todo incluido» de grandes beneficios que tenía el pequeño inconveniente de un precio en extremo ambiguo.

Tal vez por esa decisión la recámara desprovista tanto de objetos como de colores hacía buen juego. En su desnudez neutra las paredes no eran más que un lienzo a la espera de un destello creativo, el fruto consumado de la libertad reveladora que no debe tributo a ser ni a hecho alguno. Él, en su soledad y extensión, mínima pero irreducible, era el artífice de toda razón y sentido: el director, el arquitecto, el rey, el dios.

27 de septiembre de 2011

Vida y obra de mis amigos espejuelos

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Todo comenzó hace un par de años, cuando era más niño que hoy. Por definición en un congreso debía de conocer gente, estrechar manos que tal vez nunca volviera a ver y asentir una infinidad de veces. No se espera más de un demostrador. No esperaba más de los asistentes.
Algunas decenas de folletos después tuve la fortuna de cruzar con un par de lentes. Instantes después me convencí de que ese encuentro era todo menos pasajero. Extrañamente poseían una vida, al grado de casi poder reclamar con voz propia su clasificación de inanimado. ¿O sería que yo se las había dado?
Las pruebas hacían difícil tomar una decisión: su armazón era casi inexistente, lo que en términos de optometrista debía ser como decir que su cuerpo era enclenque y famélico, consecuencia sin duda de una pobre salud y augurio de una aún menor vitalidad; por el contrario su ligereza les concedía una transparencia tan inocua, sencilla, ideal para enmarcar esos ojos, en especial esas pupilas, esa suerte de corazón gemelo que tan vibrantemente latía; el metal en su color les confería una esterilidad inaudita, pero la manera en que se movían era motivo de sorpresa y alegría.
Al final decidí no darle más vueltas y aceptar el hecho de que la sorpresa de su comportamiento era la prueba única, simple e inequívoca de su existencia como seres vivos. No importaba si antes habían dado señales de vida, si descubrieron la manera de obtener la chispa milagrosa que el 42 tan crípticamente guarda, si eran hijos de alguien más o de la nada surgieron: para mí ese día nacieron.

11 de septiembre de 2011

Palabras



(CC) Horment/Flickr

Se coucher sans s'aimer c'est comme parler sans penser.

Últimamente se me han atorado las palabras. Deambulan entre mis pendientes y mis sueños, escabulléndose cuando quiero pronunciarlas y estorbando cuando no las necesito.

Estoy atiborrado de palabras.

Quisiera acomodarlas como otros días, formando misivas nunca enviadas o historias medio armadas, siempre con un fin pedagógico (y en consecuencia algo criminal) incluido. Quisiera someterlas al mal uso, desuso y sobre uso de un casi lego escribano inexperto. Quisiera pasar largas horas fantaseando con ellas como solía hacer al descubrirlas en su tierno sentido desnudo, pero se han vuelto como una mujer difícil: obstinadas, ambiguas, evasivas e inaccesibles.

Pese a todos los conatos de cortejo y galantería (improvisados pero al fin hechos) simplemente se limitan a armar un vago y fugaz balbuceo con desdeño e indiferencia; enigmáticas, altivas, se comportan como extrañas con quien no ha hecho más que poseerlas.