Todo comenzó hace un par de años, cuando era más niño que hoy. Por definición en un congreso debía de conocer gente, estrechar manos que tal vez nunca volviera a ver y asentir una infinidad de veces. No se espera más de un demostrador. No esperaba más de los asistentes.
Algunas decenas de folletos después tuve la fortuna de cruzar con un par de lentes. Instantes después me convencí de que ese encuentro era todo menos pasajero. Extrañamente poseían una vida, al grado de casi poder reclamar con voz propia su clasificación de inanimado. ¿O sería que yo se las había dado?
Las pruebas hacían difícil tomar una decisión: su armazón era casi inexistente, lo que en términos de optometrista debía ser como decir que su cuerpo era enclenque y famélico, consecuencia sin duda de una pobre salud y augurio de una aún menor vitalidad; por el contrario su ligereza les concedía una transparencia tan inocua, sencilla, ideal para enmarcar esos ojos, en especial esas pupilas, esa suerte de corazón gemelo que tan vibrantemente latía; el metal en su color les confería una esterilidad inaudita, pero la manera en que se movían era motivo de sorpresa y alegría.
Al final decidí no darle más vueltas y aceptar el hecho de que la sorpresa de su comportamiento era la prueba única, simple e inequívoca de su existencia como seres vivos. No importaba si antes habían dado señales de vida, si descubrieron la manera de obtener la chispa milagrosa que el 42 tan crípticamente guarda, si eran hijos de alguien más o de la nada surgieron: para mí ese día nacieron.

