30 de octubre de 2010

Dándome mi calaverita.

Catrina en el zocaloEntre sus versos y andadas,

solo como buen malandro,

vaga tarde por la cuadra

al que llaman Alejandro.

 

Anda que no quiere nada

más que andar preguntando

Hasta a la huesuda llama

para hablarle como Fausto.

 

Es curioso e ignorante

y aunque diga saber mucho,

a Catrina no la engaña

con su loco discursucho:

 

-- ¿Cuándo será mi defunción?

-- Ya te queda poco tiempo.

-- ¿No me queda otra opción?

-- No, recibe el sacramento.

 

Cuando saca la guadaña

él se siente despachado,

mas la muerte lo perdona

de verlo tan asustado.

 

Luego no esconde la risa

por chamaquear a la muerte

pero el gusto no le dura

cuando la flaca se vuelve.

 

Pobre ingenuo ser humano

creíste haberme engañado,

con la muerte no se juega,

Rapidito al camposanto.

28 de octubre de 2010

Esa chispa.

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De las emociones perceptibles a través del movimiento, hay una especialmente poderosa. Es cultura mezclada con pasión acompasada. Un invento de hace tiempo que reúne a dos personas para conocerse mutuamente.

La música invita, abriendo la ocasión de un verdadero encuentro. Luego todo depende del timbal y la campana. Constante y breve, los tiempos se van sucediendo como avalancha de posturas estéticamente estudiadas. En cada apunte y balanceo se libera y enaltece un sentimiento, se comunican pensamientos y comparten deseos. La descarga dirige más que movimientos, es importante saberlo.

Brazos al frente, manos cruzadas, sujeta por cintura, media vuelta simultánea: puntos estratégicos para los múltiples contactos. Las primeras veces no coincidirán y la distancia tan corta resultará incómoda, pero con un poco de tiempo los brazos irán más lejos, rodearán cuellos y sujetarán espaldas. La agitación produce calor, mismo que alimenta las ganas de fundirse en una simetría de tiempo y espacio. Simbólico pero no por eso menos cierto.

Las caderas se balancean recordando mi cultura, como empapándose en cada oscilación del sabor tan pasional y auténtico. Cada vuelta sujeta la firme creencia de preservar la parte más sensual y codiciable de la raza latina. Un poco más lento o más rápido, siempre más fuerte, más intenso. Provoca emociones, desboca pasiones…

No es tiempo de pensar ni de razonar, sólo deja a tu cuerpo quemarse con la chispa de un timbal que incansablemente insiste en tentarle.

Ríe, muévete, comparte, conoce, disfruta, BAILA.

27 de octubre de 2010

Te lo agradezco

 Ausencia

Es increíble lo bien que me ha hecho tu ausencia. Contrario a lo previsto, tenerte fuera del alcance ha teñido el ahora de un rosa grisáceo bastante placentero. Simplemente no hay problemas. Quizás sea una curiosa coincidencia, quizás sea la verdad.

De cualquier manera agradezco a la filosofía, de no ser por ella no hubiera sido capaz de separar al ideal de ti, su más próxima candidata. Maneras nunca practicadas de conocer y controlar los sentimientos, ofrecen más caminos que la simple e inicial descarga de coraje. Es agradable llegar a un estado en donde prevalece el “pudo haber sido pero no hay problema” sobre el “algún día podrá ser porque tengo las pruebas”.Vivo y decidido, al fin acepto que el poder es una fuerza que nunca tuvo necesidad de ser remplazada.

Aún así tengo pendientes al menos un par de deudas. Afortunadamente no requieren de tu presencia. Espero pronto cumplir con el relato que mi alter ego biógrafo muere por tener, un capricho anecdótico que recoja los fragmentos de un sueño atrasado. Pero antes debo de cumplir con tradiciones y evocar a la muerte chusca e imaginaria, la misma que se suscitó al, diría perderte, pero elijo separarme.

mariposa metálica Ya no eres la prioridad en la lista, la crónica se ha vuelto reliquia. Disfruta tu elección acostumbrada, la que negaste tanto tiempo sólo para ocultarla. De mi parte sinceramente te pido alejes a la mariposa que pertenece al bosque cautivo, un ambiente que en nada se parece a esta nueva y libre comunidad de esperanza.

Recuerdo de mi epifanía, hipotética luz que guardaría la calma: te agradezco que te hayas ido y me dejes construir la misión encomendada.

17 de octubre de 2010

Cuando el niño se vuelva hombre.

museo

Atardece en fin de semana. A pesar del inusual descontrol y las obligaciones contraídas, camina feliz por las calles. Recorrer este camino le hace pensar en las promesas existentes para cada fin de semana. “Tal vez el siguiente” piensa, mientras conversa de cualquier cosa con el amigo que le acompaña. Si estuviera ella… “Pronto, pronto” se repite.

Pasa cerca del museo. Recuerda una exposición algo interesante para visitar. De no ser por su presente destino entraría a dar una hojeada. Es más, alguien sale…

Es él. Se le ve sonriente mientras da una media vuelta. Por un momento parece haberlo descubierto también, pero luego continúa hasta verla a ella. Ahí está, en la tarde de un domingo con falda clara y zapatillas. La inconfundible cabellera. Se acerca a él, se abrazan. Luego caminan alejándose por la misma banqueta, tranquilamente él toma su mano.

Toma mi mano A los pocos metros se detienen y contemplan el interior de una iglesia. “Entren, entren” piensa visiblemente alterado, mientras sigue acortando la distancia que hay entre ellos y él. Continuan. Los ve cruzar la calle y la perspectiva cambia. Su silueta perfectamente enmarcada por la falda hasta hoy desconocida la hace ver como la mujer en quien siempre pensaba.

Por obvias razones seguirá un camino distinto, sin la más mínima duda del inminente reencuentro.

Perdiendo ganas todo.


(CC) Mátééé/Flickr


Hace poco descubrí una sensación curiosa, la que sientes cuando no tienes nada. No es por dramatizar, pero el sentir la pérdida súbita de diferentes cosas y relaciones provocan una especie de liberación no deseada. No estar atado a compromisos ni esquemas, sentir a la pobreza como el más directo camino a la elevación espiritual. A ratos suena agradable, justo antes de darse cuenta de la soledad implícita.

Todo comienza por un sueño. Una ilusión especialmente fuerte como para dirigir el curso de tu vida. Deseas alcanzarlo, razón suficiente para prepararte y hacerte de herramientas útiles para llegar a la meta. En este punto no es tu voluntad la única involucrada; también van tus gustos, opiniones y propiedades.Aunque no lo parezca, sin embargo, no has hecho más que empezar...

Luego debes dedicar tiempo, hacer sacrificios, apegarte lo más posible a un montón de reglas auto impuestas y confiar que algún día todo esto dará resultado. Empiezas a arriesgar dejando de lado tus alternativas, las posibles salvaciones. Dejarlo todo vale la pena, ¿o no?

(CC) Mark Cummins/Flickr
Justo en ese momento vienen las pruebas. Sin razón aparente las cosas cambian. El antes fuerte castillo se vuelve una hojita endeble. Se pierden cosas, se sacrifican otras en aras de no perder las más valiosas. El cuerpo solía estar entero, pero ha sucumbido al filo de la navaja. Así, abrumado por  la intensa herida, se ingenian remedios y reavivan esperanzas. Cuando un sueño ahoga la conciencia el hombre entrega todo para no pedir nada.

Al fin, ensimismado por lo arduo del camino, comienza a saborear el regalo prometido. El rostro se ilumina al verse tan cerca de aquello por lo que tanto se ha sufrido. Se tiene un corazón ligero, un ánimo limpio, un gusto renovado...

Tan cierto, tan bonito, jamás como aquél día, realmente al que debe llamarse el primero.

Pobre iluso, has confundido la gloria con un nuevo sacrificio, el que te hará desistir luego de perderlo todo. Verás lo más querido alejarse, mientras contemplas atónito lo sucedido. En ese momento llegarán a ti los problemas por largo tiempo ignorados, pasando una factura mayor a cualquiera de tus supuestos.

Finalmente te encontrarás perdido, sin el aliento para avanzar con nuevos bríos. En ese momento puedes elegir entre dos caminos. El primero, hundirte en la frustración de estar en medio de la nada sin un objetivo. La segunda es disfrutar la austeridad de haber perdido todo, incluso tus obligaciones.

Después de todo la carencia de lugar a la inventiva. Cuando no se puede perder nada es cuando tomamos cualquier riesgo. Disfruta entonces el haber perdido todo, ahora puede construirte un nuevo destino.

13 de octubre de 2010

La torre derrocada.

Hace más o menos cien años, en un pueblo perdido en el bajío del país, vivió Joaquín Arango. Afortunado dueño de una mente brillante y carente de suficiente dirección, aprendió de ciencias, artes y oficios más allá de lo conveniente. Como cualquier persona expuesta a esos peligros, pronto entendió la utilidad de ver más allá de lo que otros ven.

Movido por ello, empezó  a convencer a sus vecinos y amigos de la urgente necesidad de construir una torre. Después de todo, el pueblo era asaltado constantemente y necesitaba de un punto alto desde el cual vigilar; además serviría de monumento para las fiestas, decorándola con diferentes motivos según la ocasión. Para él, la torre sería el emblema definitivo de progreso y superación. Mucho más allá de las ilusiones habituales en ese pueblo olvidado y polvoriento, induciría una nueva concepción al pueblo sobre ellos mismos. Dejarían de pensar en cabañas para construir castillos.

Así pues, poco a poco convenció a cada uno de los habitantes del pueblo, desde el optimista constructor hasta el reticente panadero. Organizó a los hombres y comenzó el proyecto. Se excavaron los cimientos, levantaron las columnas y alzaron los muros. Sin embargo, una vez terminada la estructura comenzaron los disturbios. A esas alturas, las herramientas no eran lo único desgastado.

torreLa discordia había sembrado dudas entre los pobladores sobre las verdaderas intenciones de “El Capi” Arango. Desde el inicio de la construcción, Joaquín había acumulado más poder e influencia que el propio alcalde, si algo así es posible en un pueblo tan pequeño. La vida giraba en torno de la edificación, no dejando tiempo para cuidar cultivos o buscar otro sustento. Además, a causa de los elevados costos de una obra tan grande, los salarios eran todo menos completos.

Día tras día se acumulaba el descontento, resultando en jornadas flojas y trabajo mal hecho. Arango había pasado de líder a cautivo. Cada día se debatía entre sus ideales y las objeciones, buscando un punto medio donde calmar los ánimos para seguir construyendo. Durante un tiempo lo logró, más no pudo detener para siempre lo previsto.

Una noche, medio pueblo insatisfecho atacó la torre. Tiraron la puerta y quemaron la escalera que llevaba a la cima. Golpearon las paredes con picos y marros, intentando demoler el fruto injusto de su trabajo. El ruido levantó al resto del pueblo, entre ellos al atónito Joaquín Arango.

Con cada golpe veía caerse el sueño, el esfuerzo se desvanecía y lo perfecto en teoría parecía inútil y endeble en la práctica. La aparente fuerza de la torre, sin sus bases y la gente para construirla, no era nada. Su principal artífice veía desolado como desaparecía la grandeza. Derruida desde las bases por los propios que ayudaron a construirla. En un arrebato de rabia arengó a los pobladores indignados y se abalanzó con ellos hacia los saboteadores.

El siguiente episodio fue propio de un súbito ajuste de cuentas. Los hermanos divididos y derramando sangre. Golpes, gritos, balazos y confusión ante un monumento que los contempla impasible. El pueblo desvaneciéndose en su propio conflicto. Fue una noche imposible de recuperar.

Los pocos sobrevivientes contemplaron horrorizados la pesadilla y decidieron dejar su pueblo atrás. Cavaron fosas alrededor de la torre y depositaron ahí los restos de sus familiares y conocidos. Las lápidas de cada uno se tallaron de las paredes de la torre en una suerte de irónico deceso. Luego partieron. Cerrando la caravana iba un abatido Arango.

Las ruinas sobreviven, pero el proyecto ha muerto. En la tierra que dejo se quedan los sueños y los sacrificios, la torre derrocada es lo único que llevo.

11 de octubre de 2010

Desajustes imprevistos

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Sabía lo que hizo. O mejor dicho lo que no había hecho. De todas las posibilidades implicadas, no había una sola que hubiera pasado desapercibida. Simplemente no debería estar pasando. Pero así es la magia del ser humano. Tan impredecible y enigmático, más que cualquier ciencia exacta. Y así se atreven a menospreciar el arte.

Él era Eugenio, un escritor novel que batalla desde hace seis meses por escribir su ópera prima. Su problema no es conseguir una trama interesante, después de todo un poco de café mientras contempla a la gente pasear en el parque cercano a su casa siempre da la pauta de una historia torcida. Lo crucial son sus personajes. En ellos se decide la verdadera esencia de su novela, es su estilo, su propuesta.

La mayoría del tiempo lo había pasado esbozando los comportamientos ocultos o inscritos en su apariencia. A veces por el gusto de compartirles un poco de sí mismo, a veces por consecuencia de la identidad poco a poco adquirida. Luego de algunos meses los seres inventados dejaron de ser ficticios, volviéndose sus conocidos. Unos eran sus amigos y confidentes, con ellos pasaba la mayor parte de su tiempo. Otros eran enemigos y detractores impacientes por traicionarle y dañar a sus seres queridos, si una afirmación así tiene sentido.

Un día ligeramente diferente se encontraba el autor terminando un capítulo particularmente placentero, donde la empatía entre sus creaciones simpatizantes alcanzaba un nivel pocas veces visto. Se habían confortado y animado, escuchando atentamente cuánto problema hubiera por decir. Luego habían reído felices de tenerse como apoyo, animados por la esperanza de días placenteros. De pronto, sin aviso alguno, un sutil cambio de opinión desata un malentendido imprevisto aún por el propio Eugenio. Incómodos vetos y silencios tornan el ambiente amical en un nido de intrigas y desconcierto.

Imposible retroceder, los cimientos de recuerdos eran demasiado sólidos como para demolerlos. Increíble forzar otros eventos, se volvería intolerablemente fingido. Las posibilidades se cerraban ante los ojos atónitos de un autor súbitamente convertido en espectador.

Incapaz de intervenir en un desenlace que amenaza con arrebatarle a sus amigos, Eugenio guarda silencio en un intento por contener la confusión y la impotencia emanada del conflicto. Una simple línea volvió un inminente y calmo desenlace en un giro apasionante y excesivamente intenso. Con la garganta anudada y los inminentes sollozos espera quieto la comprensión de los personajes por su autor ingenuo.

Errores de una pluma amateur demasiado costosos como para dejarlos en el tintero.