A la vista de la mayoría de las personas que los conocían, los Coapa eran una familia pobre. No hacían más que comprar cosas baratas. Los niños desde muy chicos lo habían aprendido, las marcas no sirven más que para buscar mejor la imitación que más se le acerque. Pese a ello no eran infelices. Habían aprendido a divertirse con lo que otros niños se sentirían tristes. Sin duda Arturo y Margarita eran niños especiales.
El de ellos era un mundo donde nunca sobra pero siempre se busca que haya suficiente. Donde hay que restringirse para sobrevivir y en el proceso se dominan los vicios. Un medio donde la escasez ayuda a valorar y priorizar, donde pensar en ahorros es pensar en los demás.
Como cualquier ser humano aprendieron las nociones de bueno, malo, peor y regular en los términos de lo que conocían, no en términos absolutos. Para ellos cada producto era como una relación de complicidad con el fabricante. De la misma manera que él tuvo la delicadeza de preocuparse por ellos con un producto a su alcance, los niños alababan cada pequeño detalle comenzando desde el empaque. Se trataba de apreciar los detalles de quien piensa en los que nadie piensa, de hablar el lenguaje sutil de las diferencias, de las carencias.
