Vamos, es natural. Después de algunos años te preguntas qué hubiera pasado si en las decisiones que más trabajo te costaron o los sucesos que más te marcaron hubieras decidido de forma diferente. Es como tener muchos guiones incompletos con los que escribir nuevos personajes, para luego reencontrarte con ellos es una especie de reunión orgullosa y egoísta que irónicamente resulta placentera.
Lo que es peor, sólo hace falta un estímulo minúsculo para en seguida dejarte llevar a recordar. Generalmente basta con tener noticias de alguien que actuó de manera diferente o quien te acompañaba en ese momento. Ahí es cuando caes en la cuenta de que el tiempo realmente pasa. ¿Fue acaso ésa y solo ésa la decisión responsable de que los antes compañeros ahora se encuentren tan distantes? O es la suma de decisiones que se desencadenaron después? De cualquier manera ahora se pueden apreciar los resultados, con todo lo bueno o lo malo que estos pueden significar, pero sobre todo con la diferencia abismal entre lo que ahora eres y lo que pudiste ser.
Luego de un brevísimo resumen de los hechos (al mas puro estilo de un noticiero o programa deportivo) regresas a la emoción de esa eterna duda binomial: ¿sí o no? ¿Qué? muchas cosas. Le digo, me subo, lo dejo, lo hago, lo rechazo, voy o lo cambio. En este caso digamos que es una combinación “le digo, lo hago y voy“. Con el resultado ante tus ojos puede que cambies de opinión; puede que finalmente conozcas algo que siempre supusiste y que te hará sonreír o llorar; puede que te preguntes incluso si aún no es demasiado tarde como para dar marcha atrás. Lo cierto es que no serán las mismas condiciones, que no habrá los mismos resultados y que la ilusión de determinismo empírico simple es en realidad la nostalgia por una oportunidad pasada que precisamente ya no volverá.
