
Como cada día te levantas en el silencio donde no hay nada, ni música que te arrulle, ni el olor de un delicioso desayuno para ti hecho; mucho menos una voz que te acompañe.
Te incorporas e instantáneamente descubres todas tus pertenencias expuestas en el piso en las posiciones que ocuparían si estuvieran en estantes, mesas y cajones. Tomas la misma playera y el mismo pantalón de ayer para evitar ensuciar más ropa. Hurgas en la bolsa de la comida buscando algún pan completo, pero sólo queda una mitad y dos galletas. La primera está dura, las segundas muy aguadas. De todas maneras las tomas y las acompañas con algo parecido a café frío. Tomas tu vieja y algo rota mochila y sales a la calle.
Lo bonito de ir caminando es que vas descubriendo los detalles de las cuadras que si fueras en autobús no podrías ver. Librerías con tomos de muchos tamaños y colores, cafés y restaurantes con diferentes decoraciones y olores, tiendas con más productos, anuncios y ofertas de las que hayas podido imaginar, inspirándote en una manera ciertamente peculiar. Consumiendo sin pagar, tomando sólo las ideas que afortunadamente no te pueden cobrar.