La noche esta ya bien avanzada, haciendo que tanto las incontables estrellas como las incesantes olas bañen apaciblemente la costa. En medio de aquella mezcla inmensa de luz tenue, agua y arena se puede ver una especie de torre hecha de madera, en cuya cima se encuentra una fogata. Sus llamas alumbran y calientan a un hombre solitario que apaciblemente duerme a su cobijo.
De pronto, sin aviso alguno, la torre cruje y se desploma. El fuego cae y con sus brasas chamusca al náufrago. Aturdido, sorprendido y desorientado el hombre grita, golpea la arena, se agita y al final, agotado por la impotencia y la desesperación, se echa a llorar. Esta no es la primera vez que le sucede. En otras ocasiones su torre se ha desmoronado. A pesar de sus cálculos y correcciones la estructura es siempre inestable y en el momento menos esperado, cae. Lo deja sin luz ni abrigo, a merced de la noche inmensa con la mirada absorta y el cuerpo tembloroso, regresan las sombras...
Lo que el no sabía es que en su afán de enderezar más lo que ya estaba derecho provocaba más derrumbamientos y el constante debilitamiento de los maderos con los que cada vez reconstruía. Eventualmente alguno se vencía y acababa por romperse, sin embargo siempre habría palmeras para cortar nuevos maderos, ¿o no?